Estudio Letras por el placer que me provoca el contacto con los cuerpos literarios. Mis encuentros textuales son diversos: novelas leídas una sola vez, relatos frecuentemente revisitados, prolongadas relaciones exclusivas con un libro, variadas lecturas simultáneas, entre otras posibilidades. Gozo enormemente la mayoría de mis encuentros; sin embargo, disfruto particularmente aquellos que resuenan conmigo. Hace algunos meses me enamoré a primera vista de una cubierta blanca con una foto de Dorothy —personaja de la película El mago de Oz (1939)—, quien lucía el mismo inconfundible maquillaje que David Bowie en la portada de su álbum Aladdin Sane (1973). La alusión al extraordinario artista británico abiertamente bisexual y la presencia de un largometraje sumamente significativo para las disidencias sexo-genéricas indicaban transparentemente el eje central de Asalto a Oz. Antología de relatos de la nueva narrativa queer (2019).

El libro, publicado por la editorial española Dos Bigotes, recopila quince cuentos LGBTQ+ contemporáneos. Entre esta nutrida selección de cuentos, tanto “Fragmentos, glitches y batas de cola” de Alana S. Portero como “Nodriza” de Aixa de la Cruz destacan por sus aproximaciones al placer sexual de los cuerpos feminizados. El primero critica las repercusiones de la perspectiva binaria sobre la genitalidad en la construcción del deseo; por otro lado, el segundo retrata el goce lésbico de una madre primeriza. Ambos transgreden las constricciones heteronormativas de la sexualidad al mostrar no sólo el polimorfismo de los cuerpos, sino también el de los deseos y los afectos.
El relato de Alana S. Portero, escritora trans madrileña, anuncia su estructura desde el título, pues mediante la fragmentación narrativa da cuenta de múltiples vivencias en torno a la vaginoplastia de la protagonista. Este cuerpo textual frankensteiniano, compuesto por partes heterogéneas, permite explorar un amplio abanico experiencial: unas situaciones son ominosas, abyectas, incómodas y dolorosas, mientras que otras resultan deleitosas, enternecedoras, eróticas y eufóricas. Entre las primeras, se encuentra una conversación con un médico, a quien se le plantean dudas sobre el futuro proceso quirúrgico. Ante las preguntas legítimas de la protagonista, el profesional de la salud responde que “[l]a preocupación por la libido es un rasgo muy masculino, lo sabes, ¿no?” (29), por lo que “[s]i necesitas repetir alguno de los procesos psiquiátricos, no hay problema. Puede que no estés lista” (29). En este caso, la psiquiatrización del deseo no sólo pretende silenciar tajantemente las dudas de la interlocutora para que el doctor monopolice la conversación, sino también implica poner en tela de juicio la aceptabilidad de las expresiones sexuales no hegemónicas. Aunado a otras instancias donde se exhiben violencias ejercidas contra las subjetividades disidentes, el texto de Portero despliega las posibilidades plenamente eróticas de la carnalidad queer. Para ésta, la identidad deja de reducirse a los genitales, como se aprecia en la siguiente cita: “El hombre está sobre mí, tiene que abrirse mucho de piernas para estar a horcajadas por la diferencia de tamaño, apoya las manos en las carnes que circundan mi cadera, me aprieta los pechos, cuando mete mi pene en su vagina nos miramos y todo en esa habitación y en esa mirada dice «que se jodan»” (30). Identificarse como hombre no se reduce a tener un pene entre las piernas, así como ser mujer no se ciñe a poseer una vagina. Al tomar lo anterior en cuenta, las posibilidades relacionales se multiplican tanto como las formas de sentir placer.

Dicho polimorfismo gozoso se presenta igualmente en “Nodriza” de Aixa de la Cruz, narración sobre una madre primeriza exhausta ante la dificultad de amamantar a su bebé. La frustración se deriva de la imposibilidad de cumplir con la obligación maternal de nutrir al hijo, pues socialmente se han invisibilizado las complejidades de la maternidad al caracterizarla como una condición natural, instintiva y automática. Sin embargo, para Ana, la protagonista, “[l]a maternidad no ha resultado un asunto meramente intuitivo como se lo prometieron, sino un test de inteligencia extenuante” (54). Además, los acercamientos de la criatura a su seno se describen en términos bélicos para evidenciar las complicaciones de la lactancia: “El combate ha reabierto una vieja llaga en su pezón izquierdo y las dentelladas le hacen gritar. Madre e hijo compiten ahora por ver quién duele más fuerte” (54). Cristina, amiga de Ana convertida en mamá hace seis meses, ofrece su propia leche para alimentar al bebé voraz. Éste succiona plácidamente el líquido del pecho ajeno, escena que excita a la protagonista.
La fuente del placer en este cuento se vincula a lo visual mediante la contemplación del amamantamiento. En primer lugar, la tranquila posición de Ana como espectadora implica la existencia de una red de apoyo femenina en la que puede descansar al compartir sus responsabilidades con Cristina. En segundo lugar, la lactación representa una actividad mediante la que el goce se descentra de los genitales para expandirse a otras zonas erógenas del cuerpo, como los senos. A su vez, tal reconfiguración permite ampliar las posibilidades eróticas al considerar los pechos no sólo como una herramienta para alimentar, sino también para gozar: “siente los pinchazos de la leche saturando sus propios conductos y ese cosquilleo tan particular de la oxitocina en sangre que siempre se había parecido a la excitación sexual pero que solo ahora experimenta con excitación sexual” (55). Además, en este texto se reconoce el potencial sexual de las madres, cuyos deseos suelen invisibilizarse ante el mandato social de convertirse en figuras abnegadas que sacrifican su placer en pro de su descendencia.

En suma, ambos cuentos subvierten las expectativas cisheteropatriarcales de la sexualidad al cuestionar los límites de los mandatos sociales. Estas representaciones no se restringen a su diégesis, pues su influencia se extiende hacia les lectores, cuyo acercamiento a estas nuevas narrativas queer excita su capacidad imaginativa para concebir una plétora de deseos y placeres que trasciende las expectativas convencionales. A su manera, el encuentro textual con estos dos cuentos de Asalto a Oz también representa un encuentro sexual, pues el cuerpo literario estimula el complejo cuerpo somático de sus receptores, quienes gozan la lectura y sus aplicaciones en contacto con otras corporalidades.
Jessica Morales Aguilar
Obras citadas
de la Cruz, Aixa. “Nodriza”. Asalto a Oz. Antología de relatos de la nueva narrativa queer. Dos Bigotes, 2da ed., 2020, pp. 53-56.Portero, Alana S. “Fragmentos, glitches y batas de cola”. Asalto a Oz. Antología de relatos de la nueva narrativa queer. Dos Bigotes, 2da ed., 2020, pp. 27-41.







